La semana santa en el pueblo tenía esa luz de agua…

Cada uno tendrá sus propios recuerdos de sus semanas santas pero lo que seguro que todos tenemos en común es que esas vacaciones a mitad de año estaban cargadas de vida, de alegría, de cosas entrañables y de nostalgias que lo son porque ya solo existen en el recuerdo de aquellos maravillosos años.

El mil cuatrocientos treinta que tenía mi padre hasta arriba, además de ropa para siete personas, a mi madre siempre se le ocurría a última hora que algún mueble molestaba en casa y se lo tenía que llevar (a molestar) a ese cajón desastre que era la casa del pueblo. Sonando un casete de El Fary.

Mis cuatro hermanos detrás y yo delante con mi madre, ventanillas abiertas, bolsas para vomitar y mucha comida “por si acaso”. Seiscientos kilómetros de los de entonces cantando “vamos de paseo, pi, pi, pi..”, jugando a “veo o veo” o a ver quién era el primero en ver ropa tendida o una valla del toro.
Se nos hacía un poco raro llegar al pueblo con jersey de manga larga y zapatillas con calcetines, acostumbrados a pasar allí el verano semidesnudos y medio descalzos todo el día. Mientras mi padre abría la puerta, cerrada desde septiembre, y colocaba en su lugar una cortina que haría las veces de puerta “de seguridad” día y noche, mi madre comprobaba quién se había comido su bocadillo y quién no, para darnos permiso para coger las bicis y salir corriendo a buscar a nuestros amigos. “¡Hale! Pero que no tenga que subir a buscaros a los recreativos que hoy tenemos cena con los vecinos en la calle”.Artículo Revista GuiaMe Dénia

“¡Toooooooooniiiiii!” chillábamos desde abajo, su madre se asomaba al balcón y antes de que le diera tiempo a decir “ya baja” Toni estaba saliendo por la puerta con su bici, su bocata y su flamante escopeta de perdigones. Repetíamos la escena en dos o tres casas más y en un momento ya estábamos toda la banda buscando cangrejos de río, lagartijas o moras que, por supuesto, aún estaban verdes y nos daban cagaleras. Diez minutos en el pueblo y parecía que viviéramos allí todo el año, allí todo era más fácil.

La semana santa en el pueblo tenía luz de agua. Por lo menos un día, llovía todos los años y, esa tarde, como no había ni bicis, ni río, ni excursiones a la cueva negra, mi madre nos preparaba torrijas o rosquillas o la Señora María, la vecina, nos hacía una coca en llanda gigante en el horno de leña del pueblo… cómo recuerdo aún el olor a chocolate caliente y tierra mojada… y se nos hacía de noche jugando al parchís, al cinquillo o al monopoly. De fondo tengo la imagen de mi madre sentada en la mecedora haciendo punto viendo la carrera de cuadrigas de Ben Hur.

Monas, cometas, “coge una rebeca que luego refresca”, huevos en la frente, campo o playa, bicis, vespinos, río o mar… cada uno tendrá sus propios recuerdos de sus semanas santas pero lo que seguro que todos tenemos en común es que esas vacaciones a mitad de año estaban cargadas de vida, de alegría, de cosas entrañables y de nostalgias que lo son porque ya solo existen en el recuerdo de aquellos maravillosos años.

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